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miércoles, 24 de agosto de 2016

AMORES ESPERPÉNTICOS. LA TRAMA Y EL ESPEJO


Un sábado de principios de septiembre, en el escenario de un local cualquiera, la madrugada de una noche que parecía abocada a la absoluta intrascendencia y en que, por un giro de guión en la opereta del destino, empezó a fraguarse la trama de una historia de amor perverso.

LA TRAMA

Sí, perverso y decadente.
Porque aquello fue lo suyo, desde el principio o desde el indeterminado instante en que se convirtieron en actores improvisados de un género propio, a caballo entre el vodevil y el esperpento.
El actor principal irrumpió lentamente en escena con tal descaro e insolencia y a su partenaire le resultó de inmediato un personaje particularmente irritante, capaz de suscitar un indescriptible rechazo instintivo.
Sin embargo, éste logró resolver magistralmente la escena, haciéndose con el protagonismo y acaparando toda la atención posible bajo el foco del escenario, mediante su odiosa ironía, su sonrisa impostada y un extraño carisma.
Mal comienzo del primer acto.
En mitad de la escena, bajo aquel aspecto desaliñado, su compañera, mágicamente abducida, iba asumiendo el protagonismo del actor histriónico y apreciando cierta belleza en la máscara de su rostro de ojos rasgados, enmarcada por una sonrisa que formaba un hoyuelo casi infantil y mostraba una dentadura estéticamente desalineada. Arrancaba así, la proeza interpretativa de aquella trama improvisada.
De tales comienzos, tales finales, porque el azar o la necesidad juegan a encadenar sucesos improbables que vinculan a extraños por espacios variables de tiempo. La trama iba dando de sí mucho más de lo esperado.

En los sucesivos actos teatrales,
se iba desarrollando entre los dos actores una química brutal, materializada en un pegamento invisible de textura extremadamente viscosa.

Él era muy dado a la perversión lingüística de sentimientos, al recitado compulsivo de letanías de amor expresadas en una lengua que veneraba a través del ultraje, que sonaban distorsionadas y se leían como reflejadas en espejos cóncavos. Ante tamaña ostentación, la protagonista sólo podía recurrir al silencio, a la ira, al sarcasmo, a la conducta materialmente hostil o a todos estos registros. Actuaban y hablaban en espejo, como proyección opuesta y distorsionada del otro.
El patetismo en escena era tal que, hasta
el mismísimo Valle Inclán se sentiría  orgulloso de ambos, tan capaces de tornar absolutamente todo en grotesco ya que, incluso las imágenes más bellas, vistas a través de un espejo cóncavo, rayan el absurdo.
Absolutamente todo aquello lo era.
Eventualmente, otros personajes y tramas secundarias iban apareciendo en escena, aportando el sustento para una concatenación de enredos inusitados y fanatismos ideológicos que derivaban la trama hacia la categoría de vodevil.
Entre los espectadores, se encontraba un actor secundario, que apodaba irónicamente al protagonista, como "el actor de buen final". Y así era.

Tras aquellas últimas eclosiones que hacían previsible la  hecatombe, el final act, la actriz principal, visiblemente agotada, decidía abandonar la representación de aquella trama esperpéntica.

EL ESPEJO

Fuera ya de escena, sentía una especie de nostalgia y cierto deseo patológico de retornar, de reexperimentar aquella ilusión de complementariedad interpretativa que surgía entre ambos y las proyecciones que le hacían sentir comparativamente más cuerda de lo que era.
Necesitaba volver a verse reflejada continuamente en aquel espejo teatral, que tenía una superficie lisa que se tornaba repentinamente cóncava, devolviéndole una sucesión de visiones nítidas de la realidad, entremezcladas con otra serie de imágenes distorsionadas y esperpénticas, resultantes de dicha concavidad.
De la impresión de aparente cordura que le devolvía a ratos dicho espejo, hacía acopio de cierta superioridad moral, que trasladaba fuera de escena para lidiar con el hatajo de miserias y sinsabores que se sucedían en su vida cotidiana.

Ahora, en el cambio de escenario, alternaba sensaciones de omnipotencia con otras de decaimiento extremo, aderezadas con intermitentes explosiones de ira, en ciclos clímax/anticlímax.
Improvisar aquella trama, era como meterse algún tipo de droga sintética.
Se había vuelto adicta a esta variedad de reflejos y había devenido en una suerte de 'alter ego' femenino del actor de buen final, adoptando su máscara de extroversión artificialmente inducida por el alcohol, la cocaína y el éxtasis. Asimismo,
había asimilado parte de un narcisismo de tintes sociopáticos, exacerbado por oscuros secretos de armario.
Le resultaba harto difícil afrontar lo evidente: su dependencia existencial del espejo cóncavo donde proyectaba sus miserias y la disolución de su identidad en aquella ridícula trama de idealización/devaluación que ya no interpretaba.

Más de un mes alejada del escenario, su espejo le devolvía una imagen siempre nítida de ella misma, que todavía no lograba identificar como propia.

Frente al reflejo, experimentaba el pánico existencial de la monotonía.